Cuando lo narco acapara el mundo literario y académico

Uno de lo retos de la América Latina del siglo XXI es hacer frente a la creciente violencia relacionada con el narcotráfico, o lo que se llama también narcoviolencia. No pasa un día sin que nos encontremos en las noticias con sucesos insólitos que relatan las matanzas cometidas por los carteles. Vemos la figura del narco en todas partes: en los periódicos, televisión, canciones y ahora hasta en la literatura. El movimiento posmodernista surge en las últimas décadas del siglo XX y con él distintas tendencias filosóficas, artísticas y culturales para retratar el mundo de hoy. Cualquier manifestación tiene cabida en este movimiento; ya no se distingue entre literatura y cultura popular; la palabra a la orden del día es hibridez. La narconovela es, por lo tanto, el resultado del posmodernismo donde los valores populares narcos han pasado a ocupar un espacio privilegiado en el mundo literario, reservado antaño a una élite intelectual. En países como Colombia o México, asistimos desde hace unos años a la emergencia de novelas que tratan la temática del narcotráfico y sus entresijos. Su éxito fue tan sensacional que incluso grandes escritores se apuntaron a esta moda. Ex delincuentes también hicieron las veces de escritores y mandaron a escribir sus memorias. La literatura se ha visto invadida por personajes y argumentos de índole grotesca: sicarios; prepagos, capos, religiosidad, violencia, sexo y muerte. De este modo, muchas investigaciones académicas se propusieron explorar el fenómeno del narcotráfico y la representación literaria de la violencia en la narconovela y también en la novela del sicario en Colombia, un subgénero que reproduce las gestas de niños asesinos con sueldo. Dos de los grandes estudiosos de este campo son Aldona Bialowas Pobutsky  (Universidad de Oakland, EE.UU.), y Óscar Osorio  (Universidad del Valle, Colombia), cuyas publicaciones son de gran rigor investigativo.

leopardoMuchos críticos tachan el narcotráfico de “un evento pasajero, un sucio episodio criminal que sólo cabe en el periodismo”(1). Óscar Collazos, periodista y escritor colombiano, en cambio, compara este fenómeno de más de cinco décadas de existencia con el gangsterismo estadounidense que llegó a generar obras literarias y cinematográficas de gran envergadura. La narcoliteratura hizo su agosto sobre todo en Colombia y México. Por su parte, el escritor y columnista colombiano, Héctor Abad Faciolince, se desuela del hecho de que libros como el basado en los testimonios de “Popeye”(2), el sicario de Escobar, se adquieran con tanta avidez, mientras que otros trabajos de investigación seria(3), como el que recoge el asesinato, en 1989, del que fuera candidato a la presidencia de Colombia y gran contrincante del narcotráfico, Luis Carlos Galán, son básicamente desconocidos por las masas (517).(4)

Puesto que mi investigación se centra en la narconarrativa colombiana, en esta entrada me enfocaré únicamente en obras colombianas. Si bien la crítica literaria se ha enfocado única y exclusivamente en las dos novelas ‘estrella’ de Fernando Vallejo y Jorge Franco Ramos, otras obras, publicadas en la década de los ochenta, también ameritan cierta prominencia en el corpus que abarca la literatura del narcotráfico. Entre estas obras pioneras, destacan La mala hierba (1981) de Juan Gossaín Abdallah; El Divino (1986) de Gustavo Álvarez Gardeazábal; y Leopardo al sol (1993) de Laura Restrepo. Gustavo Álvarez Gardeazábal y Laura Restrepo son otros dos escritores colombianos que tocaron y denunciaron el nebuloso mundo de las drogas, corrupción y violencia narcoterrorista que azotaron el país sudamericano en los últimos decenios del siglo pasado.

portada-la-virgen-de-los-sicarios-3No se puede hablar de la narconovela colombiana sin dedicar un apartado entero a la novela del sicariato o del sicario para referirse a novelas como La Virgen de los Sicarios (1994) o Rosarios Tijeras (1999),(5) dos de los libros de mayor impacto editorial en Colombia. El sicario suele ser apenas un niño contratado por narcotraficantes para dedicarse a la labor de matar a sangre fría. Estas criaturas, ex devotos de María Auxiliadora, saben que su vida es muy corta por eso que la viven a ‘cien por hora’. Suelen ser liquidados por otros carteles o por sus mismos jefes que les perdieron confianza. La novela del sicario plantea el tema de la ética en la literatura, ya que dota al asesino a sueldo, menor de edad, de humanidad y convierte al lector en su cómplice de crimen. La Virgen de los Sicarios retrata la vida del sicario con todos sus pormenores desde que es contratado hasta que es liquidado. Fernando, el protagonista, tiene una relación sentimental y sexual con un chico sicario de dieciséis años. La notoriedad de la novela reside, sin duda, en la personalidad tan controvertida de Fernando Vallejo, cuyos blancos de ira en contra de la Iglesia y el Estado, tanto en su obra como en la vida real, hicieron correr mucha tinta. En 1997, Collazos publica Morir con papá, novela corta que expone la cuestión de la violencia de los sicarios por conducto de las peripecias de dos generaciones de sicarios; padre (Horacio) e hijo (Jairo), unidos por la vida y la muerte también. Dos años más tarde, sale Rosario tijeras de Jorge Franco Ramos. Rosario es la femme fatale asesina que trabaja para quien esté dispuesto a pagarle más. Aunque la novela se centra más en el triángulo amoroso compuesto por Antonio, Rosario y Emilio, el lector puede deducir a través de las descripciones del narrador, Antonio, que la trama tiene lugar en Medellín (por Cartel de Medellín) durante los años ‘calientes’ del narcotráfico. Si bien muchos críticos coinciden en que La Virgen de los Sicarios marca un hito en la novela sicaresca colombiana, lo cierto es que la novela El sicario (1988) de Mario Bahamón Dussán, es la que inició en Colombia este subgénero literario. Este libro pone al entorno familiar, la sociedad y la política colombianas en el punto de mira, ya que son los responsables de que niños como Manuel A. se volvieran motoristas criminales.

A pesar de tener muchos detractores que ponen en entredicho su ética y reprochan su apología al crimen del narcotráfico, esta narrativa fue exitosamente vendida, dentro y fuera del país sudamericano, y, sobre todo, adaptada al cine y a la televisión. Así, por ejemplo, Sin tetas no hay paraíso (2005) de Gustavo Bolívar se considera la primera narcotelenovela. Desde la muerte de Pablo Escobar Gaviria, los medios de comunicación, no solo las editoriales, han ayudado a forjar la leyenda y hazañas del tristemente famoso capo colombiano, a través de series, películas, documentales y hasta videojuegos. Después de casi 25 años, el sello ‘Escobar’ sigue vendiendo.

Sabrina S. Laroussi

(1) “La ‘sicaresca’ colombiana”. El Tiempo.com, 13 oct. 2011. Consultado 09 feb. 2018.

(2)  El verdadero Pablo: sangre, traición y muerte (2005) de Astrid Legarda.

(3) El asesinato de Galán (2005) de Fernando Cortés Arévalo.

(4) Faciolince Abad, Héctor. “Estética y narcotráfico”. Revista de Estudios Hispánicos, vol. 42, 2008, pp. 513-18.

(5) “De la sicaresca a la narcoestética”. Semana.com, 13 jun. 2009. Consultado. 8 feb. 2018.

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