La biblioteca (digital) del investigador (virtual): Las nuevas reglas del juego en el acceso a la información científica

Los investigadores en Humanidades sabemos bien que la biblioteca es el centro de toda nuestra actividad. No hay filólogo, historiador, sociólogo, lingüista… que pueda prescindir de los libros, independientemente de su objeto de estudio. Eso sí, desde hace unos años (y cada vez más) los libros no tienen por qué ser esos objetos impresos que se coleccionan, una vez leídos, en las estanterías del despacho o de la habitación. Nuestra sociedad parece salida de un sueño de Isaac Asimov, y en ella la relación con la información es cada vez más etérea e inmediata. En el caso de las Ciencias Humanas y Sociales, desde luego, ya no es necesario que pase ningún papel impreso por nuestras manos para profundizar en el conocimiento.

¿Pero dónde está entonces lo que a nosotros nos interesa y cómo encontrarlo en medio de un mar de ruido informativo? A buen seguro, el investigador que esté leyendo estas líneas ya tiene bien localizados los recursos de consulta más importantes para su disciplina. No intentaremos aquí ofrecerle nuevas herramientas que le hagan cambiar radicalmente su manera de trabajar, pero sí procuraremos ayudarle a entender algunos aspectos clave de la historia y el funcionamiento de las bibliotecas digitales. Siguiendo la línea de otras publicaciones de este mismo blog, esperamos contribuir a que el lector saque todo el jugo a los recursos que ya conoce y que se familiarice con las ventajas e inconvenientes de difundir sus trabajos por medio de alguna biblioteca digital.

1) El investigador y su identidad digital

Antes de entrar en materia, es necesario tener en cuenta que en la sociedad actual vivimos en digital. Para empezar, tenemos una identidad virtual que nos define como investigadores (y como ciudadanos) y que se refleja en portales como ORCID, Academia.edu, Humanities Commons, Google Académico… Por eso es fundamental aprender a relacionarnos con los datos (propio y ajenos), entender su estructura y, llegado el caso, rebelarnos contra la relevancia que nos dice qué información consumir y cuál obviar. Porque la finalidad de la investigación es traspasar los límites del conocimiento e ir hasta donde nadie había conseguido llegar todavía, como exploradores de un nuevo mundo.

Poco a poco nuestros trabajos se van integrando en las distintas bibliotecas digitales que ya existen y también ahí nuestra personalidad digital ofrece una imagen al mundo. Pero no, no todas las bibliotecas digitales son iguales ni su extensión se limita a las obras que están en Google Libros. Por eso es necesario conocer su funcionamiento un poco mejor.

2) La biblioteca digital y los textos: el modelo del Proyecto Gutenberg

Desde que en 1971 naciera el Proyecto Gutenberg, muchas han sido las bibliotecas digitales que han surgido con la intención de convertirse en un núcleo de textos transcritos en HTML (lo que se conoce como texto plano) a disposición de los lectores. Dicho de otro modo, las primeras bibliotecas digitales tenían una clara función: ofrecer textos limpios a través de internet, aprovechando su capacidad de difusión.

En el ámbito del Hispanismo, uno de los pioneros en este tipo de ediciones digitales (muy anteriores al ebook) es el portal de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes que, en la actualidad (y a imitación del Proyecto Gutenberg) organiza sus contenidos en torno a colecciones tan dispares como lo puedan ser la dedicada al «Teatro clásico español», a la «Literatura filipina en español» o a grandes referentes como Francisco Ynduráin y Jaime Moll.

3) Presente y futuro de las bibliotecas digitales: de los datos al conocimiento

Iniciativas como las anteriores nos permiten tomar conciencia de las tendencias que afectan a las actuales bibliotecas digitales. Con dichas propuestas se están dando pasos agigantados hacia la construcción de un entramado de información que facilite su recuperación gracias a nuevas técnicas de catalogación, que se suman así a las posibilidades de descripción colectiva y etiquetado social que se están explotando en otras colecciones virtuales. Con ello están convirtiendo, en definitiva, los datos almacenados en conocimiento semántico.

Así se está mejorando el acceso a la información y la respuesta a las necesidades de los usuarios, tanto desde los buscadores como desde los paneles de navegación, que ayudan a «descubrir» nuevos documentos de manera orgánica, casi como cuando se entra en una librería de viejo sin tener muy claro lo que vamos a encontrar en ellas. Si a ello le sumamos la posibilidad de consultar los documentos en muy diferentes formatos (desde el texto plano hasta la imagen digitalizada, pasando por el audiolibro y el epub), podemos afirmar que las bibliotecas digitales garantizan una grandísima visibilidad y accesibilidad a cualquier tipo de información.

Y es que, en la actualidad, los libros no son solo un grupo de palabras plasmadas con caracteres sino un conjunto de ideas que las máquinas son capaces de interpretar y poner a nuestra disposición. Por eso, en la medida en que seamos capaces de interrogarlas sobre su forma de gestionar la información científica, podremos ser más eficientes tanto en la creación de conocimiento como en la recuperación de información. En un mundo en que los ordenadores, internet y las ciencias de la documentación son nuestros «infomediarios» (como antes lo fueron los bibliotecarios), estamos obligados a pensar a quiénes nos dirigimos cuando escribimos un artículo. Del mismo modo, como consumidores de datos, debemos saber cómo buscar los libros que nos interesan: a través de qué canales se difunden, con qué palabras clave se presentan, a qué necesidades de información responden, qué tipo de filtros de búsqueda se les pueden aplicar, desde qué herramientas buscar se puede acceder a ellos…. Todo lo que se escribe deja una huella digital que será clasificada a través de distintos esquemas de metadatos, que son los que permiten ordenar la información para que llegue en cuestión de segundos a la otra punta del globo, así que más nos vale familiarizarnos con ellos.

No cabe duda de que las normas del juego han cambiado. Si hasta hace unos años era necesario aprender a leer y escribir para poder ser ciudadanos solventes, hoy en día debemos ser capaces también de buscar la información que necesitamos para completar nuestra alfabetización informacional, sobre todo si somos investigadores, pues el éxito de nuestro trabajo dependerá en gran medida de nuestras destrezas en ese ámbito.

4) La biblioteca digital, las imágenes y la lectura enriquecida

Pero no todo son datos (ni siquiera en la investigación). Desde que echase a andar en 1996 Internet Archive con el fin de preservar la información publicada en el World Wide Web, la digitalización y la reproducción fotográfica se han convertido en una constante. Hoy en día no solo de textos vive el investigador, sino también de archivos de imagen que captan una parte importante de los libros: su puesta en página. El enriquecimiento de los documentos ofrece así nuevas maneras de preservar el contenido de escritos fundamentales para nuestra historia. Esa es la filosofía que sustenta proyectos como el de la Biblioteca Digital Mundial desarrollada por la UNESCO y, por supuesto, el de Europeana, que acoge en su estado actual a la antigua Bibliotheca Universalis y sustituye en gran medida con su servicio a otras como The European Library. Estas bibliotecas digitales brindan acceso ilimitado a la cultura y sirven, de un modo u otro, a un mismo propósito: conservar y, sobre todo, difundir los grandes hitos de la Humanidad con el fin de promover el diálogo entre naciones. Frente a la digitalización masiva y sin control de otras iniciativas más ambiciosas, en ellas se focaliza la selección y la relevancia de los documentos recogidos, por lo que se convierten en aliados indispensables en la búsqueda de información para nuestros estudios.

Estamos inmersos en otra forma de gestionar los datos y de ordenar los documentos. Por ello, si el trabajo del investigador en Ciencias Humanas y Sociales es el de profundizar en el conocimiento y dotar de sentido la realidad que nos rodea, las herramientas de automatización y difusión de la información (como las bibliotecas digitales) se convierten en una ayuda incuestionable que han permitido que eche a andar incluso una nueva disciplina: las Humanidades Digitales. En este nuevo panorama, la lectura ya no se limita a los textos, sino que también se contempla su relación con las otras artes y con la bibliografía secundaria. El modelo en el que actualmente se empaquetan los libros comerciales, el epub, supone precisamente una revolución por su flexibilidad a la hora de personalizar la lectura y enriquecerla con diccionarios, hiperenlaces, contenido en audio y vídeo e incluso con funciones propias de las redes sociales. Eso supone que la manera de enfrentarse a las obras literarias e históricas haya comenzado a cambiar porque el modelo de lectura (y de lectores) también ha cambiado.

5) La biblioteca digital personal y las vías de acceso a la información

Pero si todo lo anterior depende de grandes iniciativas colectivas o empresariales que han propiciado una revolución con respecto a la manera de transmitir y recibir la información, no se puede decir menos de lo que ocurre en el ámbito de la biblioteca personal de los investigadores. Nuestras publicaciones son, cada vez más, en formato digital y a menudo se encuentran recogidas en diversos repositorios. Pocas son las revistas que aún se publican en papel (casi ninguna se publica ya exclusivamente en papel) y raras son las que no difunden en redes sociales su contenido. En consecuencia, los investigadores pueden hacer acopio fácilmente de los estudios que sean de su interés. Así, desde redes como Academia.edu o Research Gate (y hasta desde nuestros buscadores habituales) nuestra línea de investigación irá configurando su propia biblioteca personal a partir de las lecturas que vayamos haciendo.

Las bibliotecas digitales están diseñadas para ofrecernos los artículos que nos puedan resultar relevantes y para dirigir nuestra atención hacia otros investigadores interesados en los mismos asuntos que nosotros; pero lo cierto es que el mismo historial de navegación de nuestros ordenadores permite configurar, en última instancia, una pequeña biblioteca personal. Poco a poco, y casi sin darnos cuenta, estaremos generando en nuestros dispositivos una colección de lecturas que responda a nuestros intereses, y conviene ser conscientes de ello para aprovecharnos de sus ventajas (a la hora de difundir nuestro propio trabajo o para buscar la información que realmente nos interesa) y para trascender sus límites cuando lo consideremos necesario.

Estas son las nuevas reglas del juego en investigación. Las bibliotecas ya no son físicas, sino digitales, virtuales, materiales… y están estructuradas como un continuum de información solidaria en sus diversas facetas. Por ello, todos los que trabajamos por ampliar el conocimiento en Humanidades tenemos la obligación de familiarizarnos con el funcionamiento de esas bibliotecas digitales, fuentes impagables de información y vías de difusión de las que  todos nos podemos servir en nuestro trabajo.

Como decía al principio de esta entrada, probablemente no cambie la manera que tiene cada investigador de utilizar las herramientas que internet pone a nuestra disposición después de leer estas líneas, pero quizá sí sea un poco más consciente de su funcionamiento, sus ventajas y sus inconvenientes.

Guillermo Gómez.

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